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Autor Tema: Y al final, la nada  (Leído 351 veces)
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SuperJesu

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« : Septiembre 10, 2009, 20:29:49 »

Sentada en las escaleras, consumía su último cigarrillo con la misma desgana con la que la madrugada se fumaba la oscuridad. Recordaba, como venía siendo tónica general, aquella noche en que él se fue. Como venía siendo tónica general, esperaba que el alba le iluminase el camino a seguir desde su rincón en aquel bar hasta un lugar mejor.

Vio las manijas en su reloj girar y recordó que allí el alba no le podía pillar. Iba siendo ya hora de secarse sus lágrimas de sangre en aquel pañuelo de lija y volver a casa. Con él. Con su rutina, esa que tan triste se había vuelto desde que Tom se había convertido en un perfecto desconocido.

Pensaba Clara en la oscuridad en la que su pareja se había sumido tras aquel suceso cuando este abrió la puerta. Seguían compartiendo cama y vida, pero desde que ambos se habían dejado llevar por la nocturnidad, la tristeza y el alcohol, la de ella era algo muy semejante a lo que dicen es el Averno.

Su depresión le había llevado de la baja a la autocompasión, y esta a ser un cabrón. Después de aquello, sin el refugio de su esclavitud, había comenzado a convertir a Clara en esclava de sus golpes.

Mientras tristemente se vestía, pensaba ella en lo feliz que con los dos hombres de su vida había sido, y en lo infeliz que ahora le hacía lo que en otro momento podría haberse considerado un gran hombre. Fue en ese instante en el que el tren y los pensamientos de abandono se detuvieron y las lágrimas se volvieron a unir a un insomne y frío rostro. Insomne por las muchas noches con alcohol y sin descanso. Frío, por aquella mañana con abrigos y sin grados en positivo.

Arribó, una mañana más, tarde a su trabajo. El jefe esperaba. Poco le importaba. Una bronca más… De sobra sabía que su pendía su trabajo de un hilo, como de un hilo pendía su vieja y casi perdida vitalidad, reemplazada ahora por una sombra de lo que otrora, en aquella oficina, ella fue.

Su jornada tocó a arrebato. Aligeró el paso pensando en la más pronta combinación de tren que le devolviese a su triste vida. Ya en este, un hombre cedía a sus lágrimas el asiento que ocupaba para situar a la altura de sus ojos el titular de “La Razón”:
“Fallece un niño de siete años arrollado por un camión”.

Tardó segundos en asimilar aquella premisa que a su malogrado hijo le recordó. Fue entonces cuando Clara enloqueció. Comenzó su sinrazón haciendo añicos aquel periódico de quién tan amablemente le había cedido su lugar en el tren y la locura. Salió del tren y buscó cumplir su sueño. Llorar, gritar… Volar.

El destino, caprichoso hasta el fin, quiso llevarla a un barrio que, sin ser el suyo, no le era para nada desconocido. Tal así era, que quiso el destino que fuese el barrio den el que aquel triste suceso se dio donde otro se daría ahora.

Subió las escaleras del primer edificio cuyo portal vio abierto como alma que lleva el diablo. Así, hasta llegar a un marco para Clara, en aquel momento, incomparable. Cajas apiladas a un lado. Un pequeño invernadero en otro. Cubriéndole, una intensa niebla y, al final, la nada.

Pensó por un instante en ser feliz. Pensó también en ser libre. Feliz fue pensando en que Álex seguía vivo. Se sentía liberada sabiéndose madre y mujer de un gran hombre, cuando recordó qué le había llevado a aquella azotea. Recordó que sin su hijo no era posible el primer recuerdo. El segundo no lo sería con un maltratador frustrado.

Recordó aquello que aquella azotea le había llevado, y voló. Encontró, al final, la nada.
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