loca_colinera
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« : Noviembre 18, 2007, 17:49:35 » |
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Tu ayuda…¿me ayuda?
Fernando era un hombre de mediana edad, alto, de espalda estrecha. Su pelo era de
color negro, y su tez, blanca como el algodón, estaba ya habitada por alguna pequeña
arruga. Había crecido únicamente con su madre y su hermana, con la ausencia de su
padre, pues había muerto cuando él era pequeño, a causa de un accidente. Así que su
madre había tenido que empezar a trabajar para sacar adelante a los dos hermanos.
Fernando admiraba a las mujeres que, como ella, habían roto los esquemas de esa
sociedad machista y retrógrada en la que vivían y habían dejado de ser las típicas
mujeres que solo podían salir de casa para hacer la compra.
Fernando había empezado a trabajar en una empresa que se dedicaba a la telefonía, y
en la que aún estaba. Odiaba profundamente al dueño, Jacinto, pues era, como tantos
otros, muy reacio a contratar mujeres. No era capaz de ver lo que veía él, que las
mujeres eran, muchas veces, más inteligentes que los hombres, y mucho más
productivas para la empresa, pero el hecho de tener que darles la baja por maternidad y
otros tipos de permisos para poder criar a sus hijos, parecía suplir todas las razones que
tenía Fernando.
No soportaba ver cómo esas situaciones se repetían una y otra vez en la empresa, por lo
que llevaba tiempo dándole vueltas a alguna posible solución, hasta que había
encontrado una que le agradaba bastante y había decidido llevarla a cabo.
Un día de enero pensó en alguna compañera que encajase con el perfil que buscaba, y
la encontró: Marisa, una mujer con los cabellos rojizos siempre recogidos en una trenza,
de estatura corta, que había tenido varios problemas relacionados con Jacinto y
sus asquerosos prejuicios. Así que la citó ese mismo día por la tarde en una bonita
cafetería del centro que él solía frecuentar. Fernando llevaba un rato esperando cuando,
a la hora estipulada, llegó Marisa.
-“Verás, llevo tiempo observando el comportamiento de Jacinto y estoy consternado, no
puedo más. He hablado con Cristina, la redactora de una revista y está dispuesta a
publicar un artículo sobre este tema, con el fin de obligar a cambiar de actitud a nuestro
jefe”.-Explicó Fernando. Marisa, al escuchar esto, comentó: Me parece muy buena
idea, pero no puedo ayudarte. Si no me importase perder mi trabajo, ya no estaría allí.”
-“Tranquila, mi propósito es presionar para que la situación entre los hombres y las
mujeres de la empresa se iguale, que dejen de existir los despidos injustos y que todos
estemos en las mismas condiciones, independientemente del sexo que tengamos. Tu
nombre no aparecerá si no quieres, solo tu testimonio. Necesito que me cuentes todas
tus malas experiencias con Jacinto para poder plasmarlas en una entrevista.”
-“Está bien…Me casé en 1996, y dos años después nació mi primer hijo. En vista de
que mi marido no colaboraba en los cuidados del niño, opté por tomarme un año
sabático para poder atenderlo. En 1999 volví a la empresa para anunciar que regresaba
al trabajo y, para mi horror, vi cómo me habían sustituido por un chico al que no
pensaban despedir. No podía dejar que me echasen, ya que el sueldo de mi marido no
era suficiente para mantener a mi familia. Estuve hablando con Jacinto para recuperar
mi puesto y, tras muchas horas de desesperación pidiéndole trabajo, accedió de mala
gana a redactarme un nuevo contrato, eso sí, con menos salario que antes. Pero no podía rechazarlo, no tenía alternativa, prefería cobrar menos y que mi familia viviese
relativamente bien, a no poder dar a mi hijo todo lo que necesitaba. Después de algún
tiempo, Carlos, ese chico con la misma función que yo, me confesó que siempre le
habían pagado más. Estoy indignada, pero tengo miedo a que me echen, sé que debería
quejarme, pero eso solo empeoraría las cosas…Aparte de esto, las relaciones con mi
marido cada vez eran peores. En casa no había reparto de tareas, y cuando yo llegaba,
aunque él ya estuviese allí, me tocaba hacer todas las labores.”
-“Muchas gracias, es suficiente. Espero que después de esto, cambien las cosas”.
Tras su reunión, Fernando, muy satisfecho, habló con Cristina, que lo publicó
encantada. La revista del mes siguiente (en la que apareció la historia) fue una de las
más vendidas. El dueño, obligado por las manifestaciones de la gente, tuvo que igualar
los sueldos y parar los despidos injustificados. Fernando dejó su trabajo para formar su
propia empresa ;y Marisa, tras conseguir la paga que merecía-igual que la de sus
compañeros-pudo dejar a su marido para vivir solamente con sus hijos.
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