Tristes gotas de lluvia caen de sus zafiros ardientes, y la hierba del campo se empapa y se inunda de agua dulce. Los focos iluminan su figura, tal la de Hércules, pero aún más profunda y devota.
Yo lo comparé con el EspÃritu Santo, tal era su devoción. Pues era portugués, y los de Lusitania llevan la cruz en el pecho, la virgen escondida en el hogar y a Dios en los óculos. Y ya la misma piel es signo de su pasión.
Yo no sé qué explicación tiene lo que digo, ni en qué se basa, pero es que creo que yo soy más viejo de lo que mi cuerpo quiere aparentar, pues es que mi cabeza guarda memoria de aquel rebelde Viriato y mi propia alma remonta sus dÃas a los del Principio.
Y él, o Él, habrÃa que decir, es tan hermano mÃo como que siento su sangre ferviente hervir en mis propias venas, de tal manera que sólo es ver su rostro para echarse a llorar, siendo estas lágrimas la sangre que se escurre por la herida del alma.
Tan herida está la mÃa, que veo la suya y me consuela, pues igual de grande es su congoja y aún mayor su fe. Que yo lo miro y me hace creer que existo, y a la vez que dejo de existir, echándome al vuelo ficticio por sobre los pueblos de su agitanada tierra, contemplando el lamento que se esfuma de cada ventana entreabierta y los gritos al cielo de las que abiertas están de par en par.
Que tal lamento se haya personificado es un milagro, y asà ha de verse. Un milagro que da muestra inequÃvoca de la divinidad que esconde el alma en su intimidad, y que es ésta la que nos hace ver lo que los sentidos no saben, esto es, la esencia que es invisible a los ojos.
¡Muéstrate demonio de Satán! Yo sé que tú eres el mismo que tanta sangre hierves con tu fuego eterno, que haces llover azufre sobre la tierra y te places del dolor.
Yo soy, responde, la mueca de tu ilusión, el engaño de tu percepción y la ironÃa de tu existencia.
Pues tú has cometido un error, demonio, que me has dado tus músculos rojos y tu ingenio retorcido, y yo los he usado para erguirme erecto y dominar a tus bestias, pero para vencerte a ti sólo me ha bastado la tenue luz que mi corazón irradia, la cual es aún más blanca que la de tu llama semperviva.
Que yo soy el mismo que dice verdades y perjura, pues es que las grandes fuerzas del mundo combaten dentro de mi cuerpo, que es el único sitio donde pueden enfrentarse, tal es asà que si yo muero desaparecen.
Hermano portugués, bestia del infierno, espÃritu de mi alma, con tus músculos has hecho un negocio, tu imagen has mostrado haciendo uso de tu retorcido ingenio, y luego has transmitido tu gloria llorando ante las cámaras y creyendo.
A tu lamento, salud. Que yo no conocà a ninguna bestia que llevara por nombre Cristiano. Tuyo, de Dios. De parte de un hermano.