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Había quedado ya hace varios días con Leyre para esa tarde y, sin embargo, no pudo asistir a su cita.
En su fuero interno, pensaba al menos en llamarla para avisarla o en mandarle un mensaje, pero desechó la idea.“Ya se habrá ido”, pensó para sí.
La llamada de Isabel había trastocado no sólo sus planes para esa tarde, sino que le había dejado tan trastornado la noche anterior, que despreció a aquella chica que acababa de conocer justo cuando ya estaba a punto de marcar una nueva parada en la hoja de ruta de su furgoneta del amor, motivo por el cual acabó durmiendo en casa.
Otras noches, las que dormía acompañado, eran aquellas cuatro paredes las que contemplaban los designios de sus múltiples borracheras.
Cuando conocía a alguna chica, llamase como se llamase, y el savoir faire que le caracterizaba propiciaba que la compañía femenina durase hasta la mañana siguiente, aquella habitación 306 se convertía en lo que un coche para un universitario o una casa propia en ausencia paterna.
Esas cuatro paredes habían disfrutado de la visión desnuda de Leyre ya en varias ocasiones.
Ella intentaba ser ese clavo que sacaba otro clavo, esa chica que copase sus pensamientos y, sin embargo, no era más que la única mujer a la que no relegaba al olvido.
Ni siquiera David sabía a qué se debía esto. Podía derivar de que su lugar preferido para beber fuese su lugar de trabajo. Quizá viniese de la insistencia de ella, o quizá de que, cuando no buscaba en otras lo que ella le venía dando en los últimos meses, prefería acabar la noche con ella en el Hotel California a hacerlo sólo en su casa.
Ahora, por culpa de Isabel, iba a tenerla a ella de morros.
No es que le importase mucho, pues para David únicamente era una conocida pasional, pero “era lo que me faltaba”, pensaba.
No era culpa suya, pero de replicarle sobre el plantón, tendría razón, se decía a sí mismo, justo cuando bajaba por las escaleras de La Lola’s.
No sólo la había dejado plantada, sino que había descuidado durante todo el día sus responsabilidades, que al fin y al cabo, eran más importantes que una camarera casi desconocida, pensó.
Allí estaba ella. Parecía intentar disfrazar detrás de esa bonita sonrisa las lágrimas que llevaba dentro y que todavía hacían mella en sus ojos. Llegaba el momento de sentirse culpable.
Sin embargo, antes incluso de que pudiera inventarse una excusa, ella se acercó y, como era habitual, le besó la frente, a lo que él respondió con una sonrisa.
“Las palabras saldrán mejor cuando esté borracho”, se dijo en ese momento.
Cogió su copa de la barra y, de manera intuitiva, se dirigió al rincón en el que sólo se sentaba cuando esperaba a alguien.
Creía que el ajetreo del día todavía no se había acabado, y acertó. Ni diez minutos habían pasado desde que había humedecido sus labios en alcohol cuando apareció Isabel, de nuevo con ganas de gresca, como si no hubiese tenido suficiente a lo largo del día.
- Sabía que te encontraría aquí bebiendo. Qué predecible eres… - espetó Isabel.
- Por suerte, los genes han hecho que nos parezcamos en eso y no en la forma de ser.
- Si, ¿verdad? No me gustaría ser una borracha fracasada.
- Ni a mi un hijo de puta amargado.
- Mejor eso a estar sólo como un perro…
- ¿No te ha llegado con joderme la tarde que encima tienes que venir a tocarme las narices aquí?
- Yo no te toco nada, descuida. Únicamente vengo a decirte que no me parece bien lo que has hecho esta tarde.
- Pues ya lo has dicho, así que ya te estás largando.
- Me largaré cuando me escuches…
- ¿Más? ¡Qué te largues, coño! Bastante te he aguantado durante todo el día… - interrumpe David.
- Eres insoportable… Cuando estés más tranquilo te llamaré.
- Vale, prueba cuando os hayais muerto las dos.
Tras semejante cúmulo de improperios entre hermanos, Isabel se fue por donde había entrado.
Era obvio que él no la había perdonado y, quizá, nunca lo haría.
Para sus adentros, le hacían gracia los calificativos que ella le había puesto.
A todas luces tenía razón llamándole borracho, pues en los últimos tiempos pasaba casi más tiempo postrado sobre la barra de un bar que en cualquier sitio. En parte, era culpa suya, se decía, como si ello fuese excusa para acabar día sí y día también acompañado por esa odiosa amiga, la resaca.
También le había llamado insoportable. Jamás había creído serlo, pero consideraba que incluso era demasiado benévolo con ella, teniendo en cuenta que, después de todo, todavía le dirigía la palabra.
Le había espetado que se encontraba sólo. “Mejor sólo que mal acompañado”, acierta el dicho en su caso. Su familia le había fallado, la chica a la que quería le había traicionado y hasta los que creía sus amigos estaban más centrados en cualquier cosa que no conllevase apoyarlo.
Y por último, de fracasos y éxitos había ido a hablarle quién, con tal de enriquecerse, sería capaz de vender su propia alma, tal y como había hecho con el bienestar familiar.
En esto último se habían quedado anclado sus pensamientos, ¿cómo había tenido la desfachatez de llamarle fracasado después de todo?
Bien es cierto que su camino hacia el éxito jamás había estado cubierto de pétalos de rosa, sino que más bien por él se había encontrado bastantes espinas, pero ella no era la más indicada para echarle en cara acierto o fracaso alguno, teniendo en cuenta que su situación se debía en parte a ella.
“Antes no era así…”, se decía a sí mismo, esta vez con acierto.
Hasta el momento, de poco le habían servido sus estudios. Algún que otro pinito por aquí o por allá, sin lograr asentarse con ninguno de ellos.
En lo personal, bastaba con verlo allí sentado, copa en mano. Una noche tras otra bebía para olvidar, buscaba un clavo con el que sacar otro clavo y maldecía a aquellos que le hacían la vida imposible o que en algún momento de su vida, habían provocado directa o indirectamente que todo lo anterior se haya dado sin mayor fortuna.
Mientras todos estos pensamientos se sucedían, se acercó Leyre y, sin dudar un segundo, preguntó sobre aquella chica rubia que había estado con él hacía escasos minutos.
Como si no hubiese tenido suficiente con todo lo ocurrido a lo largo del día, su cita frustrada pedía cuentas por el plantón de la tarde.
Le respondió con frialdad y casi indiferencia al ataque de celos de esa desconocida que frecuentaba su cama, casi ofendido por tener que dar explicación alguna a quién, al fin y al cabo, no era más que la camarera de su pub más frecuentado y no ofreció mayor dato que el de dar a conocer a su hermana.
Casi avergonzada, Leyre se dio la vuelta y volvió a la barra cabizbaja, como si, sin conocer los entresijos de la historia, supiese que había metido la pata.
“¡Sólo es una chica más!, ¿a qué ha venido ese conato de incendio?”, pensó en cuanto ella retomó su puesto de trabajo. No sabía nada de su vida, más que como follaba, ¿a qué venía ese ataque de celos?
David habría entendido que le hubiese reprochado el plantón de la tarde, pero no era capaz de entender que le reprochase el estar con otra persona cuando no eran más que dos desconocidos que frecuentaban la misma cama.
Poco a poco, dejó a un lado la casi ofensa, alcohol mediante, volvió a verla como un objeto de deseo, al cual no tenía ganas de tener en su contra, sólo por esas noches en las que no encontraba otra compañía femenina mejor.
De paso que se aproximaba a la barra a repostar, intentaría restituir el daño ofreciéndole otra noche de pasión en el Hotel California.
Se mostró arrepentido, pero no pidió disculpas. Se limitó a advertirle de que era para ella un completo desconocido, pero nuevamente le ofreció parar su furgoneta del amor en su plaza de garaje y como al niño al que se contenta con un caramelo, ella pareció aceptar sin rechistar.
En cuanto Fernando se fue, Leyre se le acercó. Tras haber estado toda la noche ausente, distante, llegaba el momento de dejarse llevar, de olvidar entre sus brazos.
En más de una ocasión habían comenzado los preliminares en La Lola’s, pero esa noche fue distinto. Su mal día, le hacía ver el sexo con ella como única vía de escape y ella quería ver cuanto antes como ese agravio de la tarde era recompensado con su habitual y sexual capricho.
Rompiendo el guión predeterminado, no pudieron reprimirse hasta la llegada a esa habitación y, como si de dos posesos del amor se tratase, se dejaron llevar sobre la mesa sobre la que horas antes había posado el vaso de Isabel.
Casi sin darse cuenta, quizá por lo pasional de la locura que habían consumado o quizá por los efectos de alcohol, llegaron una noche más a su habitación de hotel.
Allí, ya sin riesgo de que pudiese aparecer Fernando o su jefe, no dudaron en dejase llevar nuevamente, más él que ella.
Muchas veces hablaba en un tono desenfadado de amazonas cabalgando sobre su noble corcel, especialmente cuando sus borracheras eran acompañadas por las de Juan, ese pobre diablo al que un día la vida le dio la espalda y su pareja la puñalada, y esa noche, se cumplía dicha premisa, con Leyre cabalgando a horcajadas sobre su miembro y sobre una mesa de bar.
Tras ello, se dirigieron a su nido de amor y se sumió en un sueño profundo. Cuando se despertó, Leyre ya se había ido. Eran casi las doce del mediodía y todavía se encontraba cansado y somnoliento, en parte por el alcohol y la resaca que ya hacía mella en él y en parte por el cansancio de haberse recogido tarde y en las condiciones que lo había hecho.
Se duchó, se cambió de ropa y se marchó a su casa, esperando que el día fuese más tranquilo que el anterior, pero antes de ello, paró en la cafetería de la esquina a tomarse su coca-cola y su croissant rutinarios.