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Autor Tema: La Lola's Club  (Leído 387 veces)
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SuperJesu

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« : Junio 24, 2008, 13:04:52 »

CAPÍTULO 1

- 1 -


Llevaba ya dos horas allí sentada. Sabía que no vendría. En su pañuelo enjuagaba un mar de lágrimas, pero se resistía a levantarse.
"Si me voy, quizá llegue él", se decía, mintiéndose a sí misma.

Muchas veces había soñado con una cita de verdad, con que su relación fuese más allá de la cordialidad de una camarera con su cliente. Más de una y de dos veces había intentado en vano ser algo más que el hombro en el que él lloraba y la mujer con la que, de vez en cuando, se acostaba.

Él era un alma errante, que vagaba por el mundo con un desamor como pena y una borrachera por gloria y sin embargo, Leyre veía más allá de sus ojos.
Lo que comenzó como un coqueteo de un cliente ebrio con una joven y preciosa camarera, pasó muy pronto a ser un acto de sumisión, tan pronto como le miró a sus oscuros ojos y en ellos fue capaz de divisar su alma rota y desgarrada. Pronto se convirtió en una parada más de su furgoneta del amor, tan pronto pasó a ser una habitual en esa habitación 306 del Hotel California.

Él tomaba su cuerpo y la hacía suya, ella le entregaba su corazón para que dispusiese de él a su antojo.
Aquel cuarto tenía visos de convertirse en un nido de amor, más sin embargo en aquel nido era mas fácil encontrar agujas por culpa de su corazón espinado, que otra paja que no formase parte de sus juegos sexuales. Aquel cuarto, en definitiva, colgaba el cartel de 'no molesten' para que la pasión que en ocasiones les embargaba no fuese perturbada; más sin embargo era él quién perturbaba su corazón y era ella quién hacía lo propio con sus borracheras.

Eran muchos los pensamientos que por su mente pasaban. Eran ya tres horas de espera y esa noche le tocaba trabajar.
Mientras iba de camino a su casa, muchos eran los motivos para odiarlo. Ya en su hogar, muchas eran las razones para compadecerlo. Mientras se duchaba, se lo imaginaba allí, acariciándole los senos, haciéndola suya. Cuando se vestía, se lo imaginaba a él allí, postrado en su cama, admirándola tras hacerle una vez más el amor.
Soñaba con maquillarse también para él. Soñaba con que, al llegar a su trabajo, él viese su maquillaje.

Llegó a La Lola's Club.
Al entrar en la barra, comenzó a sonar su canción y, como si le hubiesen asestado una puñalada, esa impenetrable apariencia, esa alegría fingida, se derrumbaron y una lágrima asomó por sus ojos claros.
Ni ella misma daba crédito a quererlo tanto después de haber sido utilizada tantas veces. Ni siquiera ella podía entender tanto amor desmedido, incluso tras lo ocurrido aquella misma tarde.

Secó sus lágrimas, se giró y apareció él, bajando lentamente las escaleras.
En cuanto sus miradas se encontraron, sus penas se tornaron alegrías, pese a que él era el culpable de sus sollozos.
Su canción dejó de sonar. Poco importaba ya el plantón de la tarde.

Se le acercó y, como en ella era habitual, besó su frente con una amplia sonrisa. Él devolvió el gesto con otra complaciente sonrisa, mientras su compañero posaba sobre la barra la misma copa de siempre.
Esta vez no sería ese el lugar de la barra en que pasase la noche. Cogió su copa y, cabizbajo, se fue a sentar a una mesa apartada, como si no quisiese saber nada del mundo o como si algo le hubiese ocurrido.
Incluso podría estar arrepentido de haberla dejado plantada, aunque teniendo en cuenta lo descuidado que él era, seguramente ni se acordase de ello.

A los cinco minutos, bajó por las mismas escaleras una chica. Parecía algo más joven que ambos. Era rubia, muy guapa y con muy buen cuerpo. Creía haberla visto antes.
Pidió una coca-cola light y buscó a alguien con la mirada, hasta que pareció encontrar a la que, posiblemente, sería su cita. Leyre puso especial atención en ella, que, para su sorpresa, se sentó junto a él.

Le invadió una sensación de desasosiego y sintió que un puñal se clavaba en su corazón. Tuvo que tragarse más de una vez sus lágrimas, así como las ganas de montarle un numerito.
¿Como se había atrevido a quedar con otra chica en su lugar de trabajo después de lo que había hecho esa misma tarde?
Por suerte, poco le duró el sufrimiento. Esa chica a la que había comenzado a maldecir entre cliente y cliente, se esfumó con la misma celeridad que esa consumición a la que se arrepentía de no haber añadido un poco de líquido para el lavavajillas.

Pese al alivio, en ese justo momento pensó en ir a ponerle frente por tal agravio. Sacó fuerzas de flaqueza y se acercó a su inusual posición.
   - ¿Quién era esa chica? - preguntó - ¿Has estado más veces aquí con ella, no?
   - Sí, alguna que otra vez ha venido a intentar montarme el numerito, como hoy... Cosas de familia, ya sabes.
      - ¿Familia? Me dirás que todas las lagartas con las que estás son familia tuya
   - Todas no, pero con esa en especial sí.
   - ¿Te estás quedando conmigo?
   - Pues no, ¿a qué viene ese tono? Si estás molesta por lo de esta tarde, ella es la razón de que te dejase plantada. De no ser por la zorra de mi hermana, puedes estar segura de que habría ido.

No hacía falta mayor explicación. Aún sin saber que ocurría entre David y su hermana, sólo el pensar en que él jamás había nombrado nada de su familia, era suficiente.
"Estúpida desconfiada", pensó Leyre para sus adentros, mientras volvía a la barra avergonzada y apesadumbrada.

Poco rato después, David se acercó y esta vez fue ella quién repuso su copa.
   - David... - comenzó, siendo interrumpida por él.
   - No pasa nada, Leyre, te entiendo. Siento lo de esta tarde, pero hay muchas cosas de mi que no sabes.
   - Ya, pero... - David volvió a interrumpirle una vez más.
   - Olvídalo, en serio. Esperaré a que cierres y te lo recompensaré. Esta noche ninguna lagarta copará mi cama.

La promesa de una nueva noche durmiendo junto a él era razón suficiente para el perdón. Se maldijo a sí misma por aceptar, una vez más, su posesión como disculpa.

Sólo quedaba Fernando en el bar. En cuanto salió el último cliente, vio que sobraba, se preparó para salir y los dejó solos.
Ella se encontraba recogiendo las últimas copas; él en 'el rincón de los arrastrados', donde en ocasiones compartía borrachera con otro pobre diablo.

Leyre cerró la persiana por dentro y se acercó a David. Sin mediar palabra, repitió su ceremonia de bienvenida y él acarició sus pechos, tras lo que comenzaron a besarse apasionadamente.
Él parecía titubear, no estar seguro de que su lugar de trabajo fuese lo más idóneo... hasta que se acercó a su miembro. Ya no había vuelta atrás. 

El escenario era otro, más la pasión y los protagonistas eran los mismos que la primera noche.
Introdujo su mano derecha debajo de su falda mientras ella le arrebataba su camiseta. La temperatura había subido a límites insospechados y los prolegómenos no eran ya suficientes para dos almas desnudas. El sensual rito de sumisión con el que esa misma tarde había soñado iba a hacerse nuevamente realidad.
Ella jamás había imaginado 'sodomizar' su lugar de trabajo y él jamás había pensado hacer de su 'rincón de los arrastrados' un improvisado núcleo de pasión, pero ya no había lugar para el arrepentimiento. La postró sobre la mesa y le hizo el amor como jamás antes se lo había hecho.

Eran ya las diez de la mañana. Amaneció con la cabeza apoyada sobre su pecho.
Una mañana más, se vistió mientras admiraba su sueño en aquella habitación de hotel.

Parecía un sitio demasiado pequeño para hacer vida continua en él. Era, además, demasiado raro que él llevase la llave de la habitación siempre consigo, por si las relaciones con el sexo opuesto acababan como con ella, en una cama.
No sabía si vivía allí o tendría algo que ver con los dueños del hotel. No sabía nada de él, más que tenía veintiseis años, que se llamaba David… y que le quería.

Sin perturbar su sueño, se dirigió sigilosamente a la puerta, pensando en que quizá se despertaría y le pediría que se quedase a hacerle compañía en el desayuno pero, como era habitual, allí permaneció impasible, soñando quién sabe con qué.

Antes de coger el autobús para dirigirse a su casa, paró en la cafetería de la esquina a desayunar de todos modos, pensando en lo ocurrido la noche anterior en La Lola’s.

Jamás había cometido tal temeridad. ¿Y si hubiese vuelto Fernando? ¿Qué habría ocurrido si, por cualquier motivo que fuere, hubiese llegado en ese momento su jefe?
Esto ya daba igual, por suerte no había ocurrido ninguna de las dos cosas pero, ¿qué era de esa habitación 306? ¿Acaso era David el dueño del hotel?

Nunca había hablado de otras cosas que no tuviesen que ver con su desazón provocada por aquella mujer de la que ni el nombre sabía o de los problemas de la sociedad, no sabía ni tan siquiera a qué se dedicaba y sin embargo, le quería con gran locura, tal y como había demostrado la noche anterior.
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« Respuesta #1 : Junio 24, 2008, 13:05:31 »

- 2 -


Había quedado ya hace varios días con Leyre para esa tarde y, sin embargo, no pudo asistir a su cita.

En su fuero interno, pensaba al menos en llamarla para avisarla o en mandarle un mensaje, pero desechó la idea.“Ya se habrá ido”, pensó para sí.
La llamada de Isabel había trastocado no sólo sus planes para esa tarde, sino que le había dejado tan trastornado la noche anterior, que despreció a aquella chica que acababa de conocer justo cuando ya estaba a punto de marcar una nueva parada en la hoja de ruta de su furgoneta del amor, motivo por el cual acabó durmiendo en casa.

Otras noches, las que dormía acompañado, eran aquellas cuatro paredes las que contemplaban los designios de sus múltiples borracheras.
Cuando conocía a alguna chica, llamase como se llamase, y el savoir faire que le caracterizaba propiciaba que la compañía femenina durase hasta la mañana siguiente, aquella habitación 306 se convertía en lo que un coche para un universitario o una casa propia en ausencia paterna.

Esas cuatro paredes habían disfrutado de la visión desnuda de Leyre ya en varias ocasiones.
Ella intentaba ser ese clavo que sacaba otro clavo, esa chica que copase sus pensamientos y, sin embargo, no era más que la única mujer a la que no relegaba al olvido.
Ni siquiera David sabía a qué se debía esto. Podía derivar de que su lugar preferido para beber fuese su lugar de trabajo. Quizá viniese de la insistencia de ella, o quizá de que, cuando no buscaba en otras lo que ella le venía dando en los últimos meses, prefería acabar la noche con ella en el Hotel California a hacerlo sólo en su casa.

Ahora, por culpa de Isabel, iba a tenerla a ella de morros.
No es que le importase mucho, pues para David únicamente era una conocida pasional, pero “era lo que me faltaba”, pensaba.

No era culpa suya, pero de replicarle sobre el plantón, tendría razón, se decía a sí mismo, justo cuando bajaba por las escaleras de La Lola’s.
No sólo la había dejado plantada, sino que había descuidado durante todo el día sus responsabilidades, que al fin y al cabo, eran más importantes que una camarera casi desconocida, pensó.

Allí estaba ella. Parecía intentar disfrazar detrás de esa bonita sonrisa las lágrimas que llevaba dentro y que todavía hacían mella en sus ojos. Llegaba el momento de sentirse culpable.
Sin embargo, antes incluso de que pudiera inventarse una excusa, ella se acercó y, como era habitual, le besó la frente, a lo que él respondió con una sonrisa.

“Las palabras saldrán mejor cuando esté borracho”, se dijo en ese momento.
Cogió su copa de la barra y, de manera intuitiva, se dirigió al rincón en el que sólo se sentaba cuando esperaba a alguien.
Creía que el ajetreo del día todavía no se había acabado, y acertó. Ni diez minutos habían pasado desde que había humedecido sus labios en alcohol cuando apareció Isabel, de nuevo con ganas de gresca, como si no hubiese tenido suficiente a lo largo del día.

   - Sabía que te encontraría aquí bebiendo. Qué predecible eres… - espetó Isabel.
   - Por suerte, los genes han hecho que nos parezcamos en eso y no en la forma de ser.
   - Si, ¿verdad? No me gustaría ser una borracha fracasada.
   - Ni a mi un hijo de puta amargado.
   - Mejor eso a estar sólo como un perro…
   - ¿No te ha llegado con joderme la tarde que encima tienes que venir a tocarme las narices aquí?
   - Yo no te toco nada, descuida. Únicamente vengo a decirte que no me parece bien lo que has hecho esta tarde.
   - Pues ya lo has dicho, así que ya te estás largando.
   - Me largaré cuando me escuches…
   - ¿Más? ¡Qué te largues, coño! Bastante te he aguantado durante todo el día… - interrumpe David.
   - Eres insoportable… Cuando estés más tranquilo te llamaré.
   - Vale, prueba cuando os hayais muerto las dos.

Tras semejante cúmulo de improperios entre hermanos, Isabel se fue por donde había entrado.
Era obvio que él no la había perdonado y, quizá, nunca lo haría.

Para sus adentros, le hacían gracia los calificativos que ella le había puesto.
A todas luces tenía razón llamándole borracho, pues en los últimos tiempos pasaba casi más tiempo postrado sobre la barra de un bar que en cualquier sitio. En parte, era culpa suya, se decía, como si ello fuese excusa para acabar día sí y día también acompañado por esa odiosa amiga, la resaca.
También le había llamado insoportable. Jamás había creído serlo, pero consideraba que incluso era demasiado benévolo con ella, teniendo en cuenta que, después de todo, todavía le dirigía la palabra.
Le había espetado que se encontraba sólo. “Mejor sólo que mal acompañado”, acierta el dicho en su caso. Su familia le había fallado, la chica a la que quería le había traicionado y hasta los que creía sus amigos estaban más centrados en cualquier cosa que no conllevase apoyarlo.
Y por último, de fracasos y éxitos había ido a hablarle quién, con tal de enriquecerse, sería capaz de vender su propia alma, tal y como había hecho con el bienestar familiar.

En esto último se habían quedado anclado sus pensamientos, ¿cómo había tenido la desfachatez de llamarle fracasado después de todo?
Bien es cierto que su camino hacia el éxito jamás había estado cubierto de pétalos de rosa, sino que más bien por él se había encontrado bastantes espinas, pero ella no era la más indicada para echarle en cara acierto o fracaso alguno, teniendo en cuenta que su situación se debía en parte a ella.

“Antes no era así…”, se decía a sí mismo, esta vez con acierto.
Hasta el momento, de poco le habían servido sus estudios. Algún que otro pinito por aquí o por allá, sin lograr asentarse con ninguno de ellos.
En lo personal, bastaba con verlo allí sentado, copa en mano. Una noche tras otra bebía para olvidar, buscaba un clavo con el que sacar otro clavo y maldecía a aquellos que le hacían la vida imposible o que en algún momento de su vida, habían provocado directa o indirectamente que todo lo anterior se haya dado sin mayor fortuna.

Mientras todos estos pensamientos se sucedían, se acercó Leyre y, sin dudar un segundo, preguntó sobre aquella chica rubia que había estado con él hacía escasos minutos.
Como si no hubiese tenido suficiente con todo lo ocurrido a lo largo del día, su cita frustrada pedía cuentas por el plantón de la tarde.
Le respondió con frialdad y casi indiferencia al ataque de celos de esa desconocida que frecuentaba su cama, casi ofendido por tener que dar explicación alguna a quién, al fin y al cabo, no era más que la camarera de su pub más frecuentado y no ofreció mayor dato que el de dar a conocer a su hermana.
Casi avergonzada, Leyre se dio la vuelta y volvió a la barra cabizbaja, como si, sin conocer los entresijos de la historia, supiese que había metido la pata.

“¡Sólo es una chica más!, ¿a qué ha venido ese conato de incendio?”, pensó en cuanto ella retomó su puesto de trabajo. No sabía nada de su vida, más que como follaba, ¿a qué venía ese ataque de celos?
David habría entendido que le hubiese reprochado el plantón de la tarde, pero no era capaz de entender que le reprochase el estar con otra persona cuando no eran más que dos desconocidos que frecuentaban la misma cama.

Poco a poco, dejó a un lado la casi ofensa, alcohol mediante, volvió a verla como un objeto de deseo, al cual no tenía ganas de tener en su contra, sólo por esas noches en las que no encontraba otra compañía femenina mejor.
De paso que se aproximaba a la barra a repostar, intentaría restituir el daño ofreciéndole otra noche de pasión en el Hotel California.

Se mostró arrepentido, pero no pidió disculpas. Se limitó a advertirle de que era para ella un completo desconocido, pero nuevamente le ofreció parar su furgoneta del amor en su plaza de garaje y como al niño al que se contenta con un caramelo, ella pareció aceptar sin rechistar.

En cuanto Fernando se fue, Leyre se le acercó. Tras haber estado toda la noche ausente, distante, llegaba el momento de dejarse llevar, de olvidar entre sus brazos.
En más de una ocasión habían comenzado los preliminares en La Lola’s, pero esa noche fue distinto. Su mal día, le hacía ver el sexo con ella como única vía de escape y ella quería ver cuanto antes como ese agravio de la tarde era recompensado con su habitual y sexual capricho.
Rompiendo el guión predeterminado, no pudieron reprimirse hasta la llegada a esa habitación y, como si de dos posesos del amor se tratase, se dejaron llevar sobre la mesa sobre la que horas antes había posado el vaso de Isabel.

Casi sin darse cuenta, quizá por lo pasional de la locura que habían consumado o quizá por los efectos de alcohol, llegaron una noche más a su habitación de hotel.
Allí, ya sin riesgo de que pudiese aparecer Fernando o su jefe, no dudaron en dejase llevar nuevamente, más él que ella.

Muchas veces hablaba en un tono desenfadado de amazonas cabalgando sobre su noble corcel, especialmente cuando sus borracheras eran acompañadas por las de Juan, ese pobre diablo al que un día la vida le dio la espalda y su pareja la puñalada, y esa noche, se cumplía dicha premisa, con Leyre cabalgando a horcajadas sobre su miembro y sobre una mesa de bar.
Tras ello, se dirigieron a su nido de amor y se sumió en un sueño profundo. Cuando se despertó, Leyre ya se había ido. Eran casi las doce del mediodía y todavía se encontraba cansado y somnoliento, en parte por el alcohol y la resaca que ya hacía mella en él y en parte por el cansancio de haberse recogido tarde y en las condiciones que lo había hecho.

Se duchó, se cambió de ropa y se marchó a su casa, esperando que el día fuese más tranquilo que el anterior, pero antes de ello, paró en la cafetería de la esquina a tomarse su coca-cola y su croissant rutinarios.
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« Respuesta #2 : Junio 24, 2008, 13:06:32 »

- 3 -

Desde que había salido de su habitación de hotel, no había dejado de pensar en ese gran desconocido que era David.

Se habían conocido, como no, en La Lola’s Club.
Al principio, ella no había reparado en él. Era una noche ajetreada y David era un cliente de tantos a los que había servido en su turno.
Cuando este acabó, al salir de la barra, allí estaba él.
   - ¿Ya te vas? – preguntó con interés.
   - Sí, mi turno ya ha acabado…
   - Supongo que al trabajar aquí, el invitarte a una copa te sonaría, cuanto menos, gracioso. ¿Por qué no te vienes conmigo a cerrar otro bar? Así sales un poco de la rutina de estar metida tras esa barra…

En ese mismo instante, sus ojos conectaron con los de David y aceptó de manera casi impulsiva. No sabía ni tan siquiera las razones que le habían llevado a ello, pero se disponía a salir con un desconocido del cual únicamente conocía su mirada.

Desde el momento en que se presentó, fue distinto al resto.
Parecía un hombre del Renacimiento, pues se manejaba en cualquier tema de conversación, pese a que su modestia le hizo aseverar desde el primer momento que era más bien “aprendiz de todo y maestro de nada”.
Era un hombre cabal, cortés y caballeroso, casi de otra época, y hacía gala de lo que él mismo denominaba como savoir faire.
Al cabo de la noche, le había invitado a dios sabe cuantas copas, habían reído uno con el otro, habían bailado juntos y él había acabado acompañándola a casa, mientras en sus cuerdas vocales, aderezadas con alcohol, hacía sonar una ranchera al viento, provocada por los delirios de la embriaguez.

Al llegar a su portal, hizo que la noche se envolviese aún más en un manto mágico, como el recién nacido que se revuelve en su manta buscando abrigo.
- Tengo que pedirte una cosa, pero no quiero que rompa el encanto de la noche. – Dijo David, algo ruborizado.
- Pide sin temor… Ante el vicio de pedir, existe la virtud de no dar. – Contestó ella con una voz pícara que parecía corresponderse más a una adolescente que a una chica de sus veinticinco años.
- Quiero que me des un beso…
- ¡Pero si nos acabamos de conocer! – Interrumpió, pese a la ilusión que había creado en ella su nueva amistad en tan sólo una noche.
- No me has dejado terminar. Quiero que me beses en la frente.

Si no se lo hubiese pedido con tal seriedad, pensaría que estaba de broma. Accedió a la petición, por lo inverosímil de la misma y él le pidió una cosa antes de despedirse.
- Prométeme que cada vez que me veas, dejarás que mi frente entre en contacto de nuevo con tus preciosos labios.
- Sólo si tú prometes ir por La Lola’s más a menudo.
- Hecho.   

Y como si de un negocio entre hombres se tratase, cerraron tan peculiar acuerdo chocándose la mano, tras el cual Leyre entró en su casa.

Aún ahora, recordándolo, esbozaba una sonrisa de colegiala, pues en sólo una noche, había demostrado saber ganarse a una mujer pero,
sin embargo y desde que la relación había ido más allá de aquel pacto, había podido comprobar como esa victoria con ella se convertía en derrota ante otras mujeres, bien por las heridas aún abiertas por culpa de su anterior relación o bien por el poco trato fraternal que había mostrado tener con la que decía era su propia hermana.

Por lo que le había oído la noche anterior, se llamaba Isabel. Parecía ser algo más joven que ambos y, por su manera de vestir, debía estar bien ‘colocada’.
No es que dudase de que él lo estuviese, pero a estas alturas no sabía ni a que se dedicaba, aunque teniendo en cuenta que jamás había hablado de su trabajo y, sin embargo, el dinero le daba para emborracharse cada noche, también debía estarlo.

Quizá esa vida se debiese a que él regentaba el Hotel California, aunque aquella habitación en la que siempre dormían no le parecía acorde con el propietario de ningún hotel.
No es que el California fuese el Ritz, pero seguro que detrás de alguna de las tres estrellas había escondida alguna habitación mejor que aquellas cuatro paredes.

A menudo se preguntaba, para variar, por la chica que había espinado su corazón.
Teniendo en cuenta lo poco que conocía a David, podría equivocarse al realizar un juicio de valor desde el desconocimiento, pero muy mal bicho debía ser para que él acabase moralmente así de mal, pues dudaba que fuese él el culpable de sus propios males, ya que desde aquella noche, jamás había tenido desplante alguno con ella.
Cierto es que la tarde anterior le había dejado plantada y que nunca antes había aceptado tener una cita con ella más allá de La Lola’s, pero no menos cierto era que siempre se había comportado de maravilla con ella.

Podía ser también que la otra chica acabase desencantada por culpa de su independencia. Habían debido pasar años juntos, pero en el caso de que él fuese por libre de la manera que ahora lo hacía, sería entendible cualquier ruptura posible.
O, a lo mejor, podrían ser justamente aquellas cuatro paredes. Parecía aspirar a más, e incluso tener más que aquella habitación para dormir, pero quizá fuese en realidad tan abandonado y descuidado que la dejase a ella también plantada a menudo para acabar en el California sin mediar previamente disculpa alguna.

Fuera lo que fuese y pese a como David estaba ahora por esa ‘mariposa traicionera’, como habitualmente la llamaba, envidiaba a cualquiera que pudiera haber obtenido más de él de lo que hasta el momento había conseguido ella.

Entre idea e idea en torno a esas dos mujeres, seguía pensando en como había empezado todo.
Tras aquella noche, ambos habían comenzado a cumplir sus promesas desde el primer día. Él la iba a visitar a La Lola’s incluso en noches de diario y ella correspondía con ese inocente beso en la frente, hasta que un día, entre copa y copa, vio como una lágrima caía por su mejilla.
- ¿Qué te pasa? – Le preguntó.
- Nada… Recuerdos de otra ‘mariposa traicionera’- Dijo David, en alusión a la canción que sonaba de fondo.
- ¿Sólo eso?
- Sí, no sé… La canción define a la perfección lo que era ella, y justamente hoy, que hace seis meses que lo hemos dejado.
- Mmm… Entiendo. – Tras su contestación, lo primero que le vino a la mente fueron, obviamente, cuernos. – Si quieres puedes contármelo, quizá te venga bien…
No obtuvo respuesta alguna a tal ofrecimiento, pero un dolor así sólo lo podía provocar algo similar a lo que su imaginación le dictaba.

Esa noche no fue una noche más en la que David se emborrachaba y se iba, sino que había dado una pequeña pincelada sobre las razones que podían llevarle a beber como lo hacía y, además, parecía aguantar el tirón con más frecuencia de lo normal.
Era la hora del cierre y allí seguía él. Esa noche le tocaba recoger a Fernando, por lo que ella se aproximó a David a advertirle de que debía acabar su copa y a despedirse de él.
Apuró la copa de un trago y pagó la cuenta, dejando una buena propina, tal y como solía hacer cada vez que era Leyre quién le atendía, instándole a despedirse al salir del bar.

Como en aquella primera noche, accedió a su petición. Ambos salieron juntos y David se le quedó mirando fijamente.
- ¿Qué pasa? – Preguntó ella.
- No, nada.
- ¿Seguro?
- Sí, sí… Sólo te admiraba.
- Bueno, me voy ya, que estoy muerta… - Dijo tras unos segundos de silencio, mientras mantenían sus miradas clavadas uno en el otro.

Cuando acercaba sus labios a su frente, y sin mediar palabra, David la besó. Gratamente sorprendida, acabó fundiéndose con él en una milésima de segundo, con un impulso similar al que le llevó a irse con él la noche en que se conocieron.
Tras varios minutos allí de pie, asemejándose a una masa uniforme e indivisible, la pasión hizo que le siguiese sin saber muy bien a donde, acabando en esa cama a día de hoy tan frecuentada, en esa habitación 306.

Se veía en la actualidad, seis meses después y lo divisaba todo igual.
Seguía sin saber nada de su vida y seguía acabando en las noches de perdición sujeta a él, siendo la misma chica ingenua que aceptó irse con un desconocido o que se acostó con alguien de quién sólo conocía el nombre y la mirada.
Sólo había cambiado una cosa: Entonces veía la situación con morbo, ahora la veía con amor.

Era su día libre. Decidió llamarlo y darse a sí misma otra oportunidad. No obtuvo respuesta al otro lado del teléfono.
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« Respuesta #3 : Junio 24, 2008, 13:07:08 »

- 4 -

Al llegar a su casa revisó el buzón de correos electrónicos en su portátil.
Entre otros e-mails, tenía uno de Juan.

Era unos meses más joven que él. Aparentaba tener algún año menos que David, tanto por su magnífico físico como por su candidez.
Había estudiado una ingeniería, pero se encontraba en paro y tenía algo en común con David algo que los había hecho casi inseparables: Un desamor le había espinado el corazón.

Se habían conocido una noche en la barra de La Lola’s, con una canción en la que ambos se veían reflejados de fondo, “mariposa traicionera”, de Maná.
Se encontraban sentados uno cerca del otro y justo al comenzar a sonar los acordes de la música, unas lágrimas asomaron a los ojos de Juan y, como si de una vidente se tratase, esa mujer que tanto daño le había hecho con su infidelidad volvía a llamar.

Juan silenció la llamada, pero se quedó con el teléfono en la mano, dudando en coger o no, cosa que finalmente no hizo.
Justo cuando volvió a posar su móvil sobre la barra y cuando asomó sus labios a la enésima copa, David le abordó, quizá viéndose reflejado en él.
- ¿Esas lágrimas se deben a la borrachera o a una mala experiencia con alguna mujer? – Preguntó.
- Un poco de todo… El alcohol me deja las defensas bajas y esa zorra justo se acuerda de mi cuando suena esta puta canción…
- Entiendo… Soy David.
- Yo Juan, encantado.

Tras presentarse, Juan le contó como hacía una semana había pillado a su novia con las manos en la masa, siéndole infiel con otro chico.
En el momento, había dudado sobre si montarle un numerito a ella y partirle la cara a él, pero no tuvo fuerzas ni para ello.
Llevaban casi dos años y sin embargo, ella parecía buscar en otros algo que ya él podía darle, su cariño y amor.

No tuvo fuerzas siquiera para mandarla al diablo después de esa noche. Lo único que fue capaz de hacer fue ignorar sus llamadas, sus correos electrónicos, sus mensajes… Todo lo que suponía saber de ella. 
No había sido capaz pues de incluirla en la lista de pendientes a olvidar de manera oficial, de mandarla al infierno, tal y como el cuerpo le pedía.

Por la manera en que ella le decía que le quería y que deseaba pasar el resto de su vida con él, daba la impresión de que sabía que había sido ‘cazada’, pero a él le daba igual lo que ella pensase o incluso que volviese implorando perdón.
Le había condenado a pasar las noches allí, en La Lola’s, con otro pobre diablo traicionado como era David, lo que, pese a la amistad que con este había entablado en esos seis meses que hacía que se conocían, hacía imposible el perdón.

En el correo le invitaba, como solía hacer de vez en cuando y desde aquella noche, a cenar a su casa.
Una noche más, Juan pondría la casa y el alcohol de después y David, cocinero autodidacta de exquisito tacto, se encargaría de preparar la comida.
Esto no solía ser más que un pretexto para pasar una noche tranquila en compañía de un buen amigo y alejado del mundo, tocando esa guitarra con sabor añejo y emulando al gran José Alfredo Jiménez con sus voces remojadas en alcohol; de convertir, en definitiva, aquella canción de amor sesgada en una oda a la indiferencia.

Unas veces cantaban rancheras, otras entonaban letras de Serrat o Sabina, a veces les daba por la rumba o el pop canalla de pelo en pecho y bragueta sin subir, pero siempre lo hacían de la misma manera que se habían conocido, perdiéndose en el fondo de una copa y obviando la mala voz de uno para el canto y la escasa capacidad de composición e improvisación del otro.

Esa noche, volverían a despedirse casi al amanecer, lanzando a los cuatro vientos ese brindis ya habitual:
“Lo que La Lola’s ha unido, que no lo separe una zorra”.

David llamó a Juan desde su fijo para confirmarle que esa noche sería su chef y para acordar con que alcanzarían la embriaguez, tras lo cual se tumbó un rato en esa cama a la que era infiel siempre que la ocasión y las mujeres lo permitían y como preámbulo a una intensa y larga noche, en la que intentaría dejar atrás el mal día anterior y en la que, nuevamente, buscaría la inspiración necesaria para seguir con sus responsabilidades.

No se aprovechaba pues de la existencia de Leyre como musa en potencia, por más que la situación vivida la noche anterior fuese de tal morbo que bien pudiese servirle como salvoconducto para emprender ese nuevo proyecto que tanto ambicionaba día sí y día también.

Parecían importarle poco las muchas mujeres que por su cama habían pasado, pero menos parecía importarle en ciertos momentos la existencia de Leyre. Era como si las otras chicas fuesen sucediéndose conforme aparecían en su vida y como si ella fuese suicidándose mientras permanecía en ella.
En esa tacita de pasión parecía no haber más que una indiferencia tácita, como si su afecto hacia Leyre fuese inversamente proporcional al amor que ella mostraba por él.

Juan decía envidiarle a menudo, no sólo por su affaire con aquella preciosa camarera, sino por su savoir faire y su carácter mujeriego, pues él era todo lo contrario a David.
Era a su compañero de fatigas lo que la luna al sol, pues si bien ambos compartían la forma de pensar en muchos aspectos, Juan era un pendenciero pasional al cual se antojaba difícil llevar la contraria, mientras David contrarrestaba esta vehemencia con su afabilidad.
También físicamente eran distintos, pues aunque era un poco más bajo que David, Juan era más agradable a la vista, aunque su carácter, en ocasiones imberbe, le hacía poco interesante para el sexo opuesto, más aún en comparación con su siempre enigmático amigo.

Después de levantarse nuevamente, David fue al supermercado, previo paso a la casa de Juan. Esa noche tocaban fajitas mexicanas y pasta a la carbonara, dos de sus platos favoritos, aunque él pensaba más que en poner sus labios a remojo y su mente en ‘off’, para intentar sacarse por fin de la cabeza ese incidente con Isabel del día anterior, que en estar entre fogones.

Pese a vivir bastante alejado de Juan, había comprado en el supermercado de debajo de su casa y partió andando hacia la vivienda de su amigo.
Para cumplir estos pasos, casi ceremoniales, solía salir con tiempo suficiente de su casa, pues le gustaba enfundarse en sus cascos y poner a Jorge Drexler de fondo mientras paseaba parsimoniosamente, algo que más de una y dos veces hacía con el portátil bajo el brazo, intentando sumirse en un mundo de abstracción en el que cualquier banco de Dios sabe qué parque ejercía de capital improvisada.

- Te he estado llamando… - Espetó Juan nada más abrir la puerta.
- He olvidado el teléfono en el California. – Contestó David.
- ¿Otra vez has acabado allí? ¿Cómo se llamaba esta vez?
- Adivínalo…
- Joder, ¿otra vez Leyre? Al final acabarás con ella…
- No te equivoques, sabes más que de sobra que únicamente es la gasolinera en la que reposto mi furgoneta del amor…  ¿Para qué me llamabas?
- Anda, pasa tiburón… Se me ha estropeado el frigorífico y las bebidas están calientes, pero no pasa nada, mientras haces la cena, yo iré a comprar hielos al veinticuatro de la esquina.

Juan vivía en un pequeño apartamento, propiedad de sus padres. Estaba decorado a su antojo, con un marcado estilo minimalista y con mil y un detalles sobre una de las pasiones que compartían, la egiptología, y con motivos budistas u orientales.
No tenía más que dos habitaciones, una de las cuales era utilizada como escritorio, más los lugares comunes a cualquier piso, pero para vivir sólo era más que suficiente y más, en el barrio en el que vivía.

Una vez habían acabado de cenar, Juan acercó dos copas y David trajo de la cocina sus medicinas. El anfitrión cogió en su cuarto su guitarra, pero antes de comenzar a beber y a cantar para olvidar, sacó el tema de conversación que bien había driblado David al llegar a su casa.
- Bueno, ¿entonces me vas a contar que ocurrió ayer con Leyre?
- Pues lo de siempre, qué te voy a contar…
- ¿Cómo surgió la chispa esta vez?
- Bah, lo de siempre, se puso tonta y uno que no es de piedra…
- Sí, claro, uno que no es de piedra, pero habíais quedado a la tarde.
- Sí, pero me surgieron unos problemillas con mi hermana y no pude ir. Se cogió un berrinche estúpido y para compensarla, acabé tirándomela en La Lola’s.
- ¡Qué dices!
- Como lo oyes… En cuanto se fue Fernando, ella vino a mi y por olvidar, empezamos la fiesta antes de irnos al California, pero bueno, ¿vamos a beber, no?
- Dios… Si de verdad no quieres nada con ella, es mejor que te dejes de medias tintas, porque ella puede acabar muy mal.
- Ella es mayorcita para darse cuenta de lo que hay, si no lo hace no es problema mio… ¿Quieres dejar el tema de una vez?
- Sí, descuida, pero es que no sé…
- Ni yo, por eso quiero empezar a beber y olvidar.

Por primera vez, David parecía dudar sobre Leyre.
Tras rehuír torpemente el tema, Juan cogió su guitarra e hizo sonar en sus cuerdas vocales y en las de su amiga inanimada la versión que ellos mismos habían compuesto de esa canción con la que tanto se identificaban, “El rey tiburón”, y que en su versión de andar por casa decía algo así como: “Olvídate de las penas, está a punto de salir el sol, ya dijeron las sirenas: Chicas, ¡llega el Rey Tiburón!”
« Última modificación: Junio 24, 2008, 20:43:42 por SuperJesu » En línea

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« Respuesta #4 : Junio 24, 2008, 20:20:01 »

Muy bueno Jesu, creo que deberíamos contratarte como guionista para el proyecto de este verano Grin

¿Para cuando la continuación del capítulo 2 en el blog? Wink
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« Respuesta #5 : Junio 24, 2008, 20:37:52 »

Hace más de un mes que no escribo. He estado liado con la organización del Trofeo de Peñas de Simancas y con los exámenes, pero ahora que han llegado las vacaciones, volveré a ello.

Tengo la siguiente parte del segundo capítulo empezada, pero aún por finiquitar. Cuando lo haga, lo publicaré en el blog y si me acuerdo, aquí, que ya tenía esto medio olvidado.  Roll Eyes
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« Respuesta #6 : Junio 27, 2008, 19:06:47 »

Guau muy bueno en serio sigue asi;)
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